Traumas en el alma de la dominicanidad

19 Mar
por Juan Bolívar Díaz | clavedigital.com | 13-03-2010 |

•La conferencia lleva por subtítulo “Atavismos que tiene que superar la sociedad dominicana para alcanzar un adecuado grado de desarrollo, convivencia y equidad social”.

Cuando se publicó el Informe Nacional de Desarrollo Humano de la República Dominicana 2005, fueron muchos y muchas los sorprendidos por un dato del que no habíamos hecho conciencia: La República Dominicana era el país latinoamericano de mayor crecimiento económico promedio en los últimos 50 años, e incluso uno de los más altos del mundo.

Pero al mismo tiempo era el que más había desperdiciado las oportunidades de traducirlo en desarrollo humano.“En este período el crecimiento del ingreso ha sido ejemplar: el más alto de América Latina y el Caribe, y menos volátil que el promedio regional.

A pesar de ello, el país ha mostrado un insuficiente avance en términos de desarrollo humano, menos de lo que avanzó el mundo y por debajo del promedio de los países de la región”, indica el informe.

El pesado documento ensaya una serie de explicaciones a esa contradicción dominicana. En la introducción a su segunda parte concluye en que “lo que está fracasando es la forma en la que nos organizamos para aprovechar las oportunidades del crecimiento económico, para generar divisas,  para insertarnos en la globalización y para vivir en una sociedad caracterizada por un estado de derecho deficiente que promueve la impunidad y la ilegalidad, por una cultura política clientelista y con instituciones débiles que fomentan la exclusión social”.

En los últimos años y en la medida en que se han multiplicado las evaluaciones internacionales, hemos resultado también sorprendidos porque la República Dominicana ocupa los últimos lugares en aspectos básicos del desarrollo humano y la organización social.Citemos tan solo el Indice Global de Competitividad del Foro Económico Mundial del 2009, en el cual sobre un total de 133 países evaluados, la República Dominicana ocupa el escalón 127 en desviación de los fondos públicos, el 129 en calidad del sistema educativo, y el 130 tanto en calidad del suministro eléctrico, como en fiabilidad en los servicios policiales.

Todavía llegamos más al fondo, porque en calidad de la educación en matemáticas y ciencias alcanzamos el puesto 131, llegamos al 132 en dos renglones: calidad de la educación primaria y derroche en los gastos del gobierno, hasta ser campeones con el último escalón, el 133, en favoritismo en las decisiones de los funcionarios.

Muchos nos venimos preguntando qué es lo que pasa en una sociedad que se transforma materialmente en sus polígonos centrales y al mismo tiempo expone dramáticamente la pobreza y la exclusión en sus caóticas periferias. Cómo es que tenemos tantos medios de comunicación y un discurso de post modernidad y no hemos podido garantizarnos los servicios elementales de  energía eléctrica y agua potable. Cómo es posible que viviendo cada vez más del turismo no dispongamos de alcantarillados sanitarios en la mayoría de las urbes, por lo que las aguas negras contaminan nuestras playas. Por qué razón el 57 por ciento de los dominicanos dicen que si pudieran se irían del país.

Pocos países del mundo han hecho en las últimas dos décadas tantas reformas legales e institucionales como la República Dominicana. Pero es casi seguro que en ninguno se pueda encontrar un desprecio tan olímpico por el imperio de la ley. La mayoría de las nuevas leyes se violan total o parcialmente. Baste señalar la Ley que instituye el Defensor del Pueblo, promulgada en el 2001 y que todavía no ha sido puesta en vigencia, nada menos que por las mismas cámaras legislativas. Y la Ley General de Migración del 2004 que aún espera por el reglamento correspondiente.

Ya en 1998 el expresidente de Chile Patricio Alwin al clausurar un seminario con unos 25 líderes políticos y sociales dominicanos en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo, nos felicitaba por haber llegado a un consenso sobre las políticas sociales que deberíamos implementar, pero nos advertía que tenía la impresión de que con la misma facilidad con que consensuábamos acuerdos poco después los desconocíamos.

Quedé en una comisión tripartita que debía dar a conocer el consenso de Washington sobre políticas sociales al regresar a Santo Domingo, pero nunca pudimos hacerlo, porque la confrontación política en el país impidió reunir a los representantes de los dos partidos mayoritarios.

Más allá de las interpretaciones clásicas de las ciencias sociales que proclaman el predominio de una minoría centralizadora y excluyente, creo que hay algunos traumas en el alma de la dominicanidad que castran las energías creadoras, que mantienen la mayoría de la población en el conformismo y la indiferencia, incapacitados para sumir un papel activo de ciudadanía que cambie el curso del subdesarrollo y el atraso dominicano.

Hay una serie de atavismos en la cultura dominicana que mantienen el pueblo en la subordinación, incapacitado para descifrar los hilos de la dominación, desconfiado de su propio destino, confundido de su identidad racial y cultural, que lo sume en complejo de inferioridad, víctima de una visión fatalista de su historia, esperando que una autoridad o ser superior le resuelva sus problemas, como ha demostrado la serie de encuestas sobre cultura política y democracia, auspiciada por la Universidad Católica Madre y Maestra.

Hay que remontarse a los orígenes mismos del pueblo dominicano para intentar una aproximación a los factores que determinan los atavismos que reducen sus posibilidades de desarrollo humano e institucional.

Algunos lo ubican en la cultura taína, de escaso desarrollo tecnológico, artístico y económico. Pero basta considerar que Guatemala, México, Perú y Bolivia, asiento de las culturas precolombinas más desarrolladas, como la maya, azteca y andina, no han ido más lejos que los caribeños, para que tengamos que buscar por otros ámbitos el origen de nuestros atavismos.

Cuando recorremos los caminos del Inca en alto Perú y comprobamos cuán avanzada era aquella civilización en el dominio de la arquitectura y la ingeniería, de la medicina y la agricultura, de la meteorología y la astronomía, terminamos preguntándonos qué rayo, qué anatema cayó sobre su alma que los redujo a los pueblos pasivos y atolondrados en que han devenido sus descendientes.

Fue la conquista española y europea, brutal, aniquiladora y expoliadora, que superaba a los nativos en tecnología militar, la que empezó a castrar las energías de los pobladores de estas tierras, especialmente en la región del Caribe y particularmente en la isla de Santo Domingo, donde medio siglo después de la llegada de la “civilización cristiana” no quedaba un solo nativo en pie. Los genocidios, las enfermedades y la explotación inmisericorde de que fueron portadores los conquistadores aniquilaron la población nativa.

A nombre de un paraíso después de la muerte, los conquistadores predicaron la resignación, mientras justificaban la explotación, y como diría monseñor Desmond Tuto, el Arzobispo anglicano de Sudáfrica, nos pidieron que cerráramos los ojos para que el Señor escuchara nuestras súplicas, y cuando volvimos a abrirlos, éramos dueños de la biblia y los conquistadores de nuestras tierras y riquezas.

Cierto que hubo verdaderos cristianos como Bartolomé de las Casas, Pedro de Córdova o  Antón de Montesinos, que clamaron por el respeto a aquellos indios, pero no pudieron impedir la aniquilación y el exterminio.

Tres siglos de tráfico de esclavos, de corsarios, filibusteros y bucaneros sembrarían como nunca la violencia  y el despojo, exportados por la “civilización” europea, y marcarían indeleblemente el destino de la isla hasta configurar dos naciones en el estrecho espacio de una pequeña isla caribeña, como caso único en el mundo.

Las distorsiones más trascendentes en el alma de la dominicanidad se remontan a sus orígenes coloniales y a las circunstancias en que se incubó la nación dominicana. La cultura que sustituyó la sociedad taína era expresión de una España ganadera y agrícola, con escaso desarrollo industrial, donde menos del 2 por ciento de la población era propietario del 97 por ciento de las tierras, concentrada en extensos dominios del Rey, las por órdenes militares y el alto clero, como nos cuenta Frank Moya Pons en su Manual de Historia Dominicana.

España nos legó una lengua y rasgos culturales fundamentales, pero fue una madre irresponsable que abandonó a su primogénita una y otra vez, negociándola a su mejor conveniencia. Quienes la encarnaron en la parte oriental de la isla de Haití, bautizada como La Hispaniola, la reivindicaron en oposición a la raza y cultura de los negros esclavos que terminaría dominando el lado occidental. Y lo hicieron con tal persistencia y devoción que después del Tratado de Basilea con el que en 1895 España cedió la parte oriental para unificar la isla bajo el dominio de Francia, volvieron a pelear para restituirla al dominio español, originando el período que con toda razón los historiadores denominaron como de la “España Boba”.

Y más aún todavía después de 16 años de creada la República Dominicana los hispanófilos la anexarían a España, haciendo necesaria una guerra para restablecer la república.Vale advertir que la historiografía colonialista dominicana ha querido ocultar que la devoción hispanista no era sólo por amor a la madre patria, sino también y muy especialmente por rechazo a la revolución antifeudal que produjo la primera independencia negra del mundo, y abolió la esclavitud al contagio de los principios de igualdad de la revolución francesa de 1789.

Prueba de ello es que los grupos dominantes dominicanos intentaron refugiar en Santo Domingo los remanentes de las tropas napoleónicas derrotadas por los independentistas haitianos, para lo cual aceptaron ayuda de los ingleses, y restablecieron la esclavitud en la parte oriental que un año antes había abolido el revolucionario haitiano tras el tratado de Basilea.

En otras palabras, que la nación dominicana emerge en oposición a la  emancipación de los negros y a la abolición de la esclavitud, a pesar del alto componente de negros y mestizos que superaban con creces a los españoles al comienzo del siglo diecinueve.

El padre Juan Vásquez, quien murió quemado en su iglesia de Santiago en uno de los terribles ataques de las tropas haitianas de Dessalines y Cristóbal cuando el general Luis Ferrand intentó mantener el dominio francés en el Santo Domingo español, dejó patente la confusión de la naciente dominicanidad en una expresiva quintilla que dice:

“Ayer español nací

A la tarde fui francés

A la noche etíope fui

Hoy dicen que soy inglés

No sé que será de mí”

No hay la menor duda de que el legado cultural español fue fundamental en la conformación de la colonia del Este de la isla, como el francés lo fue posteriormente en el Oeste.

En la medida en que se extinguían los nativos, el componente de estos en la emergente cultura dominicana sería ocupado por los esclavos traídos para aligerar la carga de los indígenas.

A latigazos y trabucazos los conquistadores aplastaron a los taínos de la isla. Pero no fue sólo eso, José Luis Sáez en su valiosa obra “Apuntes para la Historia de la Cultura Dominicana”, cuenta que el proceso de imposición cultural -deculturación lo llama- llegó al grado que a los nativos que trabajaban en las explotaciones mineras en el bronco sol y calor caribeño, se les prohibió bañarse a diario, porque los teólogos españoles lo consideraban dañino para la salvación.

“Esos cambios bruscos, junto con la aparición de enfermedades desconocidas hasta entonces en la isla, fueron la causa principal del rápido descenso de la población indígena en el siglo XVI, que en poco más de trece años se había reducido a un diez por ciento, e hizo necesaria la importación de emigrantes africanos”.

El aplastamiento, el despojo, la imposición sería total, estableciendo  a la fuerza los valores religiosos de una España de cruzadas y otras barbaries a nombre de la fe cristiana. En su Versainograma a Santo Domingo Pablo Neruda diría en 1965 que:

“Enarbolando a Cristo con su cruz

Los garrotazos fueron argumentos tan poderosos

Que los indios vivos se convirtieron pronto

En cristianos muertos”

La impotencia y la fatalidad fueron tan grandes que los indios apelaban al suicidio y las indias ahogaban a sus criaturas o tomaban yerbas abortivas para evitar la reproducción de su raza, aún en el caso de matrimonios con españoles.

Moya Pons en su Historia Colonial de Santo Domingo sostiene que “ser español fue para los vecinos de Santo Domingo durante todo el siglo XVIII, no ser francés” y que “ser dominicano, esto es, habitante de Santo Domingo, quería decir ser español, mantener el carácter hispánico de las costumbres y los usos religiosos, siempre apegados al catolicismo formal más tradicional que pudiera imaginarse”.

Sáez apunta que en el siglo de la revolución que proclama los derechos humanos, ser francés era la exaltación de todos los valores contrarios a lo que España había representado en la isla.

La cultura española de la conquista transportó los antivalores de la subordinación, de la resignación ante fuerzas superiores, del despojo y la imposición que se extenderían luego a los africanos y su descendencia y que las clases dominantes de la colonia reproducirían mientras se conformaba la dominicanidad.

La herencia étnica taína es insignificante en el mestizaje que se produciría en la isla de Santo Domingo. En ese aspecto los indios también fueron sustituidos por los negros cazados en Africa durante dos siglos a partir del inicio del 16, que siempre fueron un número muy superior al de los blancos.

Sáez consigna que para 1546 los negros serían 12 mil y los blancos 5 mil y que un siglo después, con sus descendientes mulatos, se habrían reducido a tres mil 835, cuando los blancos eran 2 mil 567.Citando al Oidor Echagoian Moya Pons los cuantifica en 20 mil para 1568, reduciéndolos a  9 mil 648 a comienzos del siglo 17, lo que puede atribuirse a una epidemia que sepultó a más de la mitad en los años que siguieron a la invasión de Francis Drake en 1586.

El record demográfico de la isla fue muy afectado por las epidemias, las despoblaciones, las matanzas y las inmigraciones y emigraciones de negros y blancos. Sólo hay que considerar que según Moya Pons el promedio de vida de un esclavo que trabajaba en los ingenios en el siglo 17 era de apenas 7 años. Entre tanto el mestizaje fue ganando terreno y para 1789 se cuantificaban en 28 mil. Las emigraciones de  hispanos hacia Cuba, Puerto Rico y Venezuela fueron frecuentes en la medida en que la colonia de Santo Domingo era abandonada, descuidada o negociada por la metrópolis.

Cuando vino a producirse la independencia nacional la población de la parte oriental era en su gran mayoría mestiza o mulata, pero perduraban bolsones de negros que superaban a los blancos. Pero ya entonces la composición étnica era lo que se puede comprobar hoy día, 65 por ciento mestizos, 22 por ciento negros y 13 por ciento blancos. Se trata de estimados porque desde 1960 los censos nacionales no registran color de la piel y aún cuando lo hacían, los resultados no son de fiar porque el rechazo a la negritud creó en el país unas categorías raciales muy particulares, como las de indio, indio claro, indio oscuro, indio canelo, trigueño, mestizo, criollo, mulato y moreno, pero casi nadie se considera negro. José Francisco Peña Gómez no era el negro, sino el moreno.

De lo que no hay dudas es que desde la conquista hasta nuestros días la población blanca ha sido dominante en la posesión de los grandes hatos, en la importación y exportación de todo tipo, y posteriormente en la industria y las actividades económicas modernas, aunque con  reciente participación del mestizaje. Por ello la nación se ha reivindicado de recia raigambre hispana con fuerte tendencia a desconocer la herencia cultural africana, vinculada a la esclavitud, al trabajo duro, a la pobreza, pero sobre todo relacionada con el Haití negro, el de la rebelión de los esclavos y el de la ocupación, contra el cual se pronunció la independencia nacional para ser esta nación la única del continente que no se independizó de la metrópolis colonialista.

Como sostiene Marcio Veloz Maggiolo en su obra Mestizaje, Identidad y Cultura, los negros de Santo Domingo se acogieron en gran proporción a las imágenes y cultos católicos, impuestos del conquistador dominante.

Sáez afirma que “las instituciones sociales hispánicas arraigaron en la colonia gracias a la labor de la educación y la evangelización, ambas llevadas a cabo por la Iglesia y, sobre todo, por las órdenes religiosas”.

Pero no ocurrió igual con Haití, colonizado por una Francia que no enarbolaba la cruz como bandera, y donde la cultura africana se mantuvo en mayor estado de pureza, lo que origina diferencias culturales que habrían de ser magnificadas, no sólo por autopreservación religiosa y cultural, sino también por negación de la rebelión de los esclavos que amenazaba el status quo en toda la isla.

Nos aferramos a los españoles, ensayamos con los franceses y coqueteamos con ingleses y luego con norteamericanos como forma de librarnos del peligro haitiano. Y llevamos dos siglos resaltando las afrentas de la ocupación, negándonos a aceptar que la misma quedó sellada tan pronto la incipiente dominicanidad, huérfana durante la “España boba” se alió con los restos del coloniaje francés, representado por Ferrand, y buscó la ayuda de los ingleses para intentar mantener una colonia europea en la misma isla donde los esclavos acababan de hacer trizas la dominación colonial. Y además  restaurando la esclavitud que había sido abolida tras el Tratado de Basilea.

Para la revolución triunfante en el Haití francés, tres derrotar a más de 50 mil soldados del ejército napoleónico, el intento de Ferrand era una afrenta imperdonable. Pero también su liquidación era una cuestión estratégica para la supervivencia de la primera nación independiente de la América Latina y primera república negra del mundo.

Veloz Maggiolo sostiene que “la identidad dominicana, desde el punto de vista histórico, comenzó a forjarse en la contradicción con un Estado que como el haitiano, tenía objetivos fundamentales en su necesidad de extenderse y de hacer la isla completamente parte de Haití.”

Y agrega que “sin dudas las invasiones de Dessalines y Cristóbal, en la primera década del siglo XIX, producto de un temor a la toma de posesión por Francia de la parte oriental, genera espacios de identidad nuevos.

El incendio de poblaciones enteras, la conformación de una lucha racial y los asesinatos de curas y personas de alta jerarquía social, consternación a la sociedad criolla, que se acurrucó en una necesaria identidad defensiva”.

Pero los agravios haitianos de la ocupación y su resistencia a aceptar la independencia o separación dominicana de 1844 debieron ser olvidados con la cooperación que posteriormente dieron los vecinos a la lucha por la restauración de la independencia dominicana, muestra de que en pocos años habían aceptado la realidad de que ya la isla no era indivisible. Pero además esa nueva actitud era coherente con la proscripción del colonialismo de toda la isla, objetivo fundamental de la ocupación del 1822.

El antihaitianismo –uno de los mayores traumas de la dominicanidad- que se desarrolló tras la revolución de los esclavos y durante la ocupación de 22 años, comenzó, en efecto, a disiparse con la restauración de la independencia nacional y al paso de las décadas, mientras la nación dominicana daba tumbos en la búsqueda de su gobernabilidad.

Pero el antihaitianismo sería revivido y llevado al máximo por la tiranía de Rafael L. Trujillo que lo enarboló como mecanismo de unificación e hipnotización de la sociedad dominicana para afianzar su dominación de tres décadas, traduciéndolo en sentimiento de rechazo a la negritud, y de exagerada hispanofilia que además desarrollaría un fuerte sentimiento de inferioridad racial.

“La hispanidad trujillista es una identidad postiza que sirvió para oponerse a la haitianidad, pero como pasado la autoconciencia le asigna el lugar de encuentro de una grandeza perdida”, proclama Andrés L. Mateo en su colección de ensayos Al Filo de la Dominicanidad, donde plantea que “el trujillismo descubrirá la posibilidad de una reducción sustancial de la historia: nuestro pasado es lo hispánico, la idea pura del ser nacional se reconcilia míticamente en lo hispano” .

Y agrega que  la dominicanidad levantaría la herencia hispana fundándose en la absolutización y simplificación de la historia, tendiendo un hilo conductor que hacía indiscernible lo hispano y lo dominicano.

Ideólogo y heredero del trujillismo, Joaquín Balaguer llegó a proclamar al dominicano como el pueblo de más profunda raigambre hispánica del continente, suponemos que por el exterminio de lo nativo, no obstante  ser uno de los que más componentes africanos tienen en su cultura y orígenes raciales.

Balaguer revivió el fantasma de la unificación de la isla y enarboló el antihaitianismo para despertar en las clases dominantes y sectores que se creen reencarnación de lo hispánico el miedo a lo que representaba Peña Gómez, un descendiente directo de haitianos, negro puro, que por demás se atrevía a proclamar la redención de las masas pobres, de negros y mestizos.

El drama de Peña Gómez, discriminado hasta por los propios compañeros del partido que lideraba, detenido a la puerta del palacio de gobierno, es una de las más fehacientes expresiones del racismo, del antihaitianismo y la exclusión que todavía se anida en el alma nacional.

El, que entró a casi todos los palacios de gobierno de Europa Central, recibido y admirado como negro, soñó tanto con ser blanco que hizo encontrar sus ancestros en España.

De acuerdo a José Luis Sáez “El racismo histórico, y la falta de fe en el pueblo dominicano –en la clase mayoritaria criolla, naturalmente- adoptaron nuevas formas de expresión. Ahora se hablaba del peligro del vecino del Oeste, como agente contaminador de la raza, y de la seguridad de un régimen autocrático que acabase con los vaivenes de una democracia ilusoria”.

En gente como Trujillo, un mulato que llevaba sangre haitiana por vía materna, el sentimiento racista y antihaitiano se traduce en complejo de inferioridad. Por eso el tirano auspició varios movimientos inmigratorios “para mejorar la raza”, desde España, de Hungría, de judíos errantes y hasta de japoneses.

Ese complejo de inferioridad se extiende por amplios segmentos sociales que consideran que este no es un país, sino un paisaje, que los países son los del norte, que estamos incapacitados para el orden social, porque en el fondo, la herencia negra es sinónimo de salvajismo, primitivismo y hechicería irracional. Por no tener fe en la viabilidad de la sociedad dominicana es que  hasta el 57 por ciento de la población ha dicho en encuestas que si pudiera abandonaría el país.

El antihaitianismo es todavía tan profundo que desde hace tres años se ha puesto en práctica una política de genocidio civil contra los descendientes de haitianos. No es sólo que les estamos negando la nacionalidad a los que nacen en el país, sino que la Circular  017, de la Junta Central Electoral de marzo del 2007, y un posterior reglamento, disponen que se niegue copia del acta de nacimiento a todo el que no pueda demostrar que sus padres eran residentes legales en el país al momento en que nacieran.

Miles de dominicanos de ascendencia haitiana se han visto privados de realizar los actos normales de la vida civil por esa circular y apenas voces aisladas se han levantado contra esa iniquidad. Valgan dos ejemplos, el de Andrés un ciudadano que nació en Hato Mayor el 19 de agosto de 1948, al que se le dispuso la cancelación de su registro de nacimiento 60 años después, junto a otras 125 personas, mediante el oficio 5787 de la Dirección del Registro Civil del 11 de septiembre del 2008.

El otro es el del ciudadano Rubén Jean Batiste, quien a los 38 años y con 15 de haberse graduado como profesional del magisterio, siendo subdirector del Departamento de Educación de Adultos de la Secretaría de Educación, se le negó la copia de su acta de nacimiento.

La había obtenido para la escuela primaria y la universidad, para la cédula y el pasaporte, y viajó a diferentes países. Pudo casarse y tener hijos registrados como dominicanos, pero un día, retroactivamente, se le dijo que ya no era dominicano.

Aunque somos un país de emigrantes, que ha regado más de millón y medio de sus hijos por el mundo, mostramos una soberana incapacidad para racionalizar y asumir la realidad de que también hemos sido receptores de inmigrantes, y no queremos aceptar las consecuencias de haberlos utilizado en las principales actividades económicas durante más de un siglo.

En todas partes del mundo las inmigraciones generan mezclas y conllevan derechos hasta de ciudadanía. Aquí no queremos aceptar esa extensión de la dominicanidad que son los domínico haitianos. Y tendemos a subestimar la otra extensión de la nacionalidad, la de los hijos de nuestros emigrantes, a quienes estigmatizamos como dominican-york.

El racismo ha sembrado confusión y soledad en el alma de muchachas y muchachos negros y mestizos de la geografía nacional, empeñados en plancharse el “pelo malo” para convertirlo en bueno y es lo que ha impelido a un triunfador como Sammy Sosa a blanquearse el rostro después de haber sentado sus dominios beisbolísticos hasta en la Casa Blanca y el Capitolio de Washington.

La semana pasada escuchamos un conmover testimonio de la educadora Eva Jiménez, en la despedida del sacerdote Jorge Cela, antropólogo y sociólogo, quien parte a ejercer su ministerio en Cuba. Ella nos dijo que “muchas veces decimos que los dominicanos somos españoles, pero no hablamos de nuestras raíces africanas. Con el padre Jorge yo descubrí mi identidad y empecé a no sentirme avergonzada de ser negra, a aceptarme como yo soy y a sentirme contenta con mi negritud”.

Ese sentimiento de inferioridad racial todavía se campea arrogante en los medios de comunicación, donde negros y mestizos aparecen sólo en las tareas menos apreciadas. Todavía hay empresas que prohíben a los publicistas utilizar modelos que no sean blancos en sus anuncios comerciales.

Recientemente contamos 116 fotografías de hombres y mujeres publicitando vestuarios, entre las que sólo había una mestiza y ningún negro, y estaba destinada a promover una megatienda enclavada en sectores periféricos de Santo Domingo, donde son muy escasos los blancos.

Aunque el racismo es un sentimiento proscrito en la civilización contemporánea, se puede entender que superviva en poblaciones de absoluta preponderancia de una raza, pero se constituye en un trauma cuando se registra en conglomerados tan mestizos como el dominicano.

La negación de las raíces africanas del dominicano se expresa en el hecho de que después de más de 25 años de celebración del Festival Nacional de Atabales en Sainaguá, San Cristóbal, en los meses de noviembre, todavía los organizadores tienen serios problemas para financiar una actividad festiva tan masiva y popular.

Es que las empresas y las autoridades rehúyen asociarse a una actividad de esa naturaleza, vinculada al espiritismo y que a veces evoca las deidades africanas. Aunque los tambores, toques y bailes de palos hace tiempo que han sido adoptados en las comunidades religiosas católicas, no sólo del sur y el Cibao, próximos a la frontera con Haití, o en los grandes asentamientos negros de la periferia capitalina, como Villa Mella, Haina o Los Mina, sino también en las profundidades de El Seibo y Hato Mayor.

Decía  Neruda en su canto a Santo Domingo que:

“Aunque hace siglos de esta historia amarga

Por amarga y por vieja se la cuento

Porque las cosas no se aclaran nunca

Ni con el olvido ni con el silencio”.

El racial es un trauma no suficientemente dilucidado en la conciencia de la dominicanidad, traducido a complejo de inferioridad y se arraiga en el subconsciente como un fatalismo que conduce a pensar que somos incapaces de organizarnos como sociedad, y a sostener que los mejores no triunfan en esta sociedad, llámense trinitarios, Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Francisco Espaillat, Juan Bosch o Peña Gómez.

Los trinitarios sólo fueron buenos para hilar sueños independentistas y echarlos a caminar sobre los hombros de esa pequeña burguesía ilustrada que representaban. Pero tan pronto se produjo el trabucazo y emergió el primer gobierno autónomo los fundadores empezaron a ser perseguidos. Duarte exiliado para siempre, apenas meses después, Francisco del Rosario y María Trinidad Sánchez, fusilados y los demás relegados.

Los hateros que no tenían fe en la viabilidad de la República se apropiaron de ella para luego ofertarla y reanexarla, obligando a otra guerra de liberación.La historia de anarquía de la República tuvo una expresión dramática en los 56 gobiernos que la historiadora Mu Kien Sang Ben documentó en los 56 años de independencia del siglo 19, a  un promedio de uno por año, o 100 gobiernos en los primeros 150 años de la historia dominicana.

El cálculo se complejiza  si tenemos en cuenta que cuatro dictadores, Buenaventura Báez, Ulises Hereaux, Rafael Trujillo,  Joaquín Balaguer, y la ocupación norteamericana de 1916-24 gobernaron la nación en más de la mitad de esos 150 años.

En otras palabras que la nación se ha debatido entre la anarquía y la tiranía, generando otro trauma en el alma nacional, consistente en la generalizada convicción de que estamos incapacitados para el orden y que sólo nos encarrilamos mediante la imposición autoritaria. Por eso en las tribulaciones que genera la creciente inseguridad de la delincuencia y el narcotráfico hay quienes se atreven a invocar el espíritu de Trujillo.

La realidad histórica da pie a esa creencia traumática. Aunque en los últimos cincuenta años ha sido persistente la lucha por superar esos estadios  de barbarie,  el atraso y los intereses de las clases dominantes determinaron la frustración del primer proyecto de gobierno democrático del siglo 20 y la guerra fría generó una nueva ocupación norteamericana que frustró una gesta que debió marcar un salto hacia una mejor organización social y política.

Ese autoritarismo, ampliamente justificado en el alma de las mayorías y hasta por figuras religiosas y editorialistas de periódicos, es el responsable de que la Policía Nacional haya realizado más de tres mil ejecuciones sumarias de delincuentes, supuestos delincuentes y muchísimos inocentes, superando con creces las penas de muerte dictadas en las naciones donde esa drástica sanción está instituida con garantías de defensa en juicios públicos y contradictorios en dos y tres instancias judiciales.

Sólo entre el 2008 y el 2009 se contaron más de 900 personas muertas a manos de la Policía Nacional, en su mayoría menores de 25 años, pobres, negros y mestizos de los barrios marginales.

Es el mismo autoritarismo que ha pretendido justificar las matanzas  a lo largo de nuestra historia. El que quiso justificar el exterminio indígena a nombre de la evangelización, llegando al absurdo de que la Virgen de las Mercedes devolvía a los indios las flechas que ellos disparaban contra los que los despojaban de sus tierras y pertenencias.

Es el autoritarismo que justificó el tráfico de esclavos y el que pretendió justificar las torturas y asesinatos masivos de los que desafiaron las dictaduras, como los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo, Manolo Tavarez Justo y los sublevados contra el golpe de Estado de 1963 y el héroe de la dignidad nacional Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Como planteó Jorge Cela al presentar la obra de Sáez varias veces citada, “Nuestro proyecto como pueblo dominicano tiene que construirse sobre la base de nuestra historia, nacer de nuestra identidad. Las utopías con que soñamos nacen del baúl de nuestros recuerdos, que recomponemos con imaginación atrevida y lanzamos hacia el futuro para darle norte a nuestros esfuerzos. Sólo cuando hay algo de lo que somos en lo que queremos ser somos capaces de alcanzarlo”.

Santo Domingo, 10 de marzo de 2010

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